Saw

Leyendo hoy este reportaje no he podido evitar dejar por escrito una duda que me viene asaltando desde hace tiempo: ¿cómo puede gustarle a alguien las películas como ‘Saw’? o sea, ¿como puede alguien encontrar entretenidas/emocionantes/agradables esas guarrerías? Vaya por delante que: 1) no he visto (ni pienso) ninguna de las películas de esta saga: con el trailer y el cartel ese de una mano destrozada saliendo de la tierra con las uñas hechas polvo tuve bastante para hacerme una idea (quien quiera verlo que pinche aquí pero da mucha grima); 2) Estoy segura de que en general las personas que disfrutan con ellas no son malas personas del mismo modo que se puede ser el mismísimo diablo y no soportarlas y 3) tampoco creo que a la salida del cine una persona normal se vaya a echar a la crueldad, así sin más. Y ya sé que las torturas y los asesinatos son de mentira (¡bueno fuera!, como diría mi abuela) pero eso no hace que dejen de ser desagradables. Para mí, buscar entretenimiento en la visión de una tortura que parece real es como querer ver arte en el cubo de la basura, francamente. Y si lo que se pretende es hacer reflexionar sobre la maldad humana y tal y cual, pues peor todavía, porque mal vamos si tienen que explicarnos a estas alturas que causar dolor a otro ser humano está muy feo. Vaya, que ni lo entiendo ni me parece terrible que la hayan clasificado X. A ver por qué va a ser más dañino para la psique el primer plano de un pene que ver como cortan en pedacitos a un señor con una sierra mecánica. Lo que es verdad es que la atracción por las maldades ajenas no es nueva: antes se iba a la plaza pública y ahora al cine.

mar1243rFoto sacada de internet que no tiene nada que ver con el tema pero paso de poner cosas asquerosas.

Octubre 31, 2009. Noticias, Reflexiones, Sociología de campo y playa. 1 Comentario.

Boxeo

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Sigo en México por cuestiones laborales. Por circunstancias que no vienen al caso, me ha tocado conocer al campeón del mundo de boxeo de no sé qué categoría (una de las de flaquitos) que es de la misma ciudad donde yo paro. El muchacho se está preparando para un combate en Japón para revalidar el título o algo así. Es bastante simpático y tiene la nariz rota. Es raro esto del boxeo. Una se pregunta hasta que punto es correcto ver a dos chicos dándose mamporros, con peligro de sufir lesiones irreversibles, y difrutar del espectáculo. Yo desde luego ni disfruto ni lo considero propiamente un espectáculo. Aunque tampoco me ha dado nunca por seguir uno de estos combates y sólo he visto un poco de Rocky VIII (o IX, ya no sé). Me consuela que si el muchacho es campeón es porque es bueno, y si es bueno, recibirá menos porrazos. El Dr. Winston Grenald, en su libro “El Médico del cuadrilátero”, dice lo siguiente (las personas sensibles que se abstengan de leer el segundo párrafo en cursiva):

Fuerza es igual a masa por velocidad. La fuerza de un puñetazo es igual a la masa del guante, la mano y el hombro, y hasta cierto punto la masa del cuerpo del boxeador, dependiendo su habilidad para utilizar la masa de su cuerpo. La velocidad causada por el grado de contracción de los músculos que utiliza el boxeador al lanzar el golpe es una fuerza de aceleración inicial.

Al ocurrir el impacto del puño, éste golpea contra el cráneo debido a su relativa inercia, el cerebro se acelera después de haber recibido el golpe. Esto causa un desplazamiento del cerebro en relación con el cráneo. Como el cráneo está separado del cerebro solamente por una delgada capa de líquido, el golpe llega directo al cráneo causando un trauma directo al cerebro, esto puede ocurrir en la parte frontal del cerebro con la resultante fuerza de inhibición. Esto es lo que los médicos llamamos el contra-golpe. Los bazos capilares que están entre el cráneo y el cerebro pueden también dilatarse hasta desgarrarse, como resultado de esta fuerza de aceleración, causando hemorragias extradurales o subdurales.

Al final, me han liado de tal manera, que me he dejado grabar un vídeo dando ánimos al boxeador y diciendo que en España también lo apoyamos (!?). Y no había bebido ni nada. Quiera dios que el documento no acabe en el youtube. Pero sobre todo, quiera dios que no le pase nada al chico. Y si gana, pues mejor.

Septiembre 14, 2009. Batallitas, Reflexiones. 8 comentarios.

Jamón

Tendría yo seis o siete años cuando mis padres me llevaron con ellos de visita a casa de unos conocidos. Yo era la típica niña apocada que no hablaba si no era para contestar a alguna pregunta así que me recuerdo allí, muy modosita, con un vestido que supongo tendría un lazo atrás como le gustaba a mi madre, sentada en el borde del sofá y sin abrir la boca. Habían puesto jamón y algo de pan para picar pero yo no probé nada porque,  como siempre ocurría en esas situaciones, la timidez superaba a las posibles ganas de comer. No puedo acordarme de qué hablaban los mayores pero en un momento dado mi padre me miró y dijo algo así como ‘ahora que veo a Macorinita que no se despega del plato de jamón, se me viene a la cabeza…’ y se lanzó a contar una de sus historias sobre su infancia en la posguerra acerca de unos niños de no sé qué hospicio que nunca habían probado el jamón, o algo así. El caso es que fue capaz de dejarme en evidencia -  y todo hay que decirlo, de mentir – sólo por tener una excusa para contar una batallita. Por alguna razón, nunca se lo he perdonado.

Septiembre 2, 2009. Batallitas, Reflexiones, Sociología de campo y playa. 3 comentarios.

¿De qué te ries?

Hablaba el otro día sobre cómo las personas pertenecientes a diferentes culturas o nacionalidades se rien de diferentes cosas y de qué además el sentido del humor parece cambiar con el tiempo y me acordé de un estudio del psicólogo Richard Wiseman, de la Universidad de Herfordshire, Inglaterra, sobre este tema. Wiseman impulsó un experimento por internet en el que personas de todo el mundo tenían que enviar chistes y elegir, de entre todos ellos, el que más gracia les hacía. Parece que, tras consultar a unos dos millones de personas, el chiste mejor valorado fue éste:

“Dos cazadores se encuentran en el bosque cuando uno de ellos se desploma. Parece que no respira y tiene los ojos vidriosos. El otro coge su teléfono móvil y llama al servicio de emergencia. “¡Mi amigo está muerto! ¿Qué puedo hacer?, pregunta, histérico. La operadora contesta: “Cálmese, yo le ayudo. Lo primero es asegurarse de que su colega está realmente muerto”. Sigue un silencio y después se oye un tiro. De nuevo al teléfono, el cazador dice: “Vale, ¿y ahora qué?“.

Según Wiseman, tres ingredientes hacen que una historia sea divertida: nos hacen sentir superiores a los demás, permiten un descaso tras una situación tensa y sorprenden porque tienen alguna incongruencia. Cree que el éxito del chiste de los cazadores radica en que contiene esos tres elementos. Lo más interesante, para mí, de esta experiencia, son las diferencias entre nacionalidades:

Los alemanes no muestran preferencia por ningún tipo de chiste, o sea, todos les hacen más o menos la misma gracia.

La gente de Irlanda, Reino Unido, Australia y Nueva Zelanda se decanta por las historias que contienen juegos de palabras o relaciones entre conceptos. Por ejemplo:

Paciente: “Doctor, tengo una fresa atascada en el ano”. Doctor: “No se preocupe, le podemos poner nata”.

Estadounidenses y canadienses prefieren aquellos chistes que los hacen sentir superiores al quedar el protagonista como un tonto. Por ejemplo:

Dos amigos están jugando al golf y ven pasar una procesión fúnebre. Uno de los golfistas interrumpe su “swing”, se descubre la cabeza y se pone a rezar. El otro amigo, sorprendido, le comenta: “vaya, es lo más conmovedor que he visto nunca. De verdad eres un buen tipo”. Y el otro replica: “sí, bueno, es que estuvimos casados 35 años”.

Franceses, daneses y belgas consideran que las historias con algún elemento surrealista son las que más gracia tienen. Un ejemplo:

“Un perro alsaciano va a una oficina de telegramas, coge un papel en blanco y escribe: “Guau, guau, guau, guau, guau, guau, guau, guau, guau”. El empleado examina la nota y, educadamente, le dice al can: “Aquí hay sólo nueve palabras… Por el mismo precio puede enviar otro Guau”. “Pero -replica el perro- ¡eso no tendría ningún sentido!”.

risa

Ignoro si el experimento del doctor Weisman llega a alguna conclusión sobre el sentido del humor de los españoles. Sin embargo, mi experiencia me lleva a pensar que en suelo patrio triunfa la parodia o directamente la burla cruel. Analizando el número de las empanadillas de Martes y 13, con el que generaciones enteras de españoles nos hemos partido la caja (yo incluida), vemos que tiene estos dos elementos: se parodia a un personaje famoso, en este caso Encarna Sánchez, y se hace burla de una persona de, aparentemente por su forma de hablar, poca cultura. Con todo, hay que decir que los juegos de palabras  del personaje que hace de oyente de Encarna, que se enreda para terminar no diciendo nada, son bastante graciosos y probablemente sean la clave el éxito del sketch. En cualquier caso, es más inteligente que los (tristemente) famosos números de ‘soy maricón‘ o ‘mi marido me pega‘, también de Martes y 13. En este sentido, hay que reconocer que se ha evolucionado algo como sociedad porque hoy en día, si bien no es impensable seguir riendo con semejantes burradas, al menos sí lo es hacerlo abiertamente y sin vergüenza, lo que ya es un avance. Sea como sea, el estudio del sentido del humor de un pueblo que admira a Chiquito de la Calzada es un asunto complejísimo pero si además se trata del mismo pueblo que idolatra a un imitador de Chiquito de la Calzada la tarea se torna imposible.

Momento Cuarto Milenio: estaba yo en el curro  con los cascos puestos viendo este vídeo de los Monty Python, documentándome para el post, cuando oigo risas de mi compañero de despacho. Le pregunto que qué le pasa y me dice que está viendo ¡el sketch de ‘el chiste más gracioso del mundo’ de los Monty Python, o sea, lo mismo que yo! ¡Y ninguno sabía lo que estaba viendo el otro! A mi compañero le mandó el enlace del vídeo un colega del Facebook y yo llegué a él buscando el artículo de Wiseman.  Nos surgen dos preguntas que sólo Iker Jiménez puede contestar, a saber: 1) ¿por qué nuestro jefe nos  sigue teniendo en alta estima pese a que dedicamos gran parte de muestra jornada laboral a estos menesteres? y 2) ¿existe algún tipo de conexión extrasensorial entre mi compañero de oficina y yo? Recordemos que, si las chorradas colgadas en internet tienden a infinito, la probabilidad de que ambos estuviéramos viendo la misma tontería de los Monty Python es consistente con cero. Si Iker Jiménez descubrió una unión cósmica entre Abraham Lincoln y John Fitzgerald Kennedy porque un mes antes de morir Lincoln estuvo en la ciudad de Monroe, mientras que Kennedy, también un mes antes de morir, estuvo con Marilyn Monroe, ¿qué implicaciones  encontrará en nuestra conexión pythoniana? Misterios del cosmos.

Agosto 27, 2009. Curiosidades, Reflexiones, Sociología de campo y playa. 2 comentarios.

Hogar dulce hogar

Aunque estoy muy feliz por no tener hipoteca (el quinto jinete del apocalipsis) confieso que en algún momento de mi vida llegué a flaquear y, víctima del síndrome del nido, pensé en comprar un piso (¿o habría que decir comprarle un piso al banco?). La cosa es que me acostumbré a mirar portales inmobiliarios tipo fotocasa o el idealista. Allí te das cuenta de dos cosas: 1) el mercado inmobiliario español es la cosa más disfuncional que existe y 2) los anuncios de pisos son una herramienta valiosísima para el estudio sociológico. Una llega a pensar si con lo de burbuja inmobiliaria no se referirán a posible aire en el cerebro de los implicados en el negocio de la compraventa de casas.  A ver si por fin llega el día en que la avaricia rompa el saco (¡qué me gusta a mí este refrán!). A continuación,  algunos tipos de anuncios:

  • Los persistentes: Son los anuncios que llevan apareciendo como destacados al menos el año y medio que llevo yo siguiendo estas páginas. Y nos preguntamos,  si en este tiempo nadie se ha interesado por esos inmuebles, ¿no será que no valen lo que el vendedor pide? La avaricia es tozuda a la par que atrevida.
  • Los que en el anuncio ponen sólo la foto de la lavadora, del tendedero o de la esquinita donde está la bombona de butano (¡existen anuncios así!): Si eso es lo que consideran destacable de la casa, no puedes entonces evitar preguntar cómo estará el resto de la propiedad (y probablemente no querrás saber la respuesta).
  • Los que suben diez o doce mil euros el precio del piso porque te dicen que está amueblado y cuando ves las fotos de los muebles te das cuenta que no los querrían ni los del rastro Nueva Frontera de lo cutres que son.
  • Los tipo ‘Calzados Carmencita’ (Antecendentes: mi madre compraba mis zapatos para el colegio, Marca Bonanza, en una pequeña zapatería llamada ‘Calzados Carmencita’. La susodicha Carmencita acostumbraba a rebajar el precio cantidades irrisorias – un par de pesetas o así – y acompañaba el gesto de grandes aspavientos): Son los que tienen la poca vergüenza de rebajar, pongamos 1000 euros, el precio de algo que cuesta, pongamos 300000, y señalar en el anuncio que el inmueble ha sido rebajado.

jinetes

Además, es importante conocer el lenguaje utilizado en este tipo de anuncios. A continuación algunos ejemplos:

  • Bien comunicado: Está en medio de un nudo de autopistas. Para, por ejemplo, comprar el pan, no sólo necesitará coger el coche sino pasar por rotondas, pulpos y autovías de varios carriles.
  • Zona tranquila: Está donde Cristo perdió el gorro, más allá de donde el Diablo perdió el poncho. O sea, lejísimos de cualquier lugar civilizado.
  • Acabados de lujo: No se engañen: en general quieren decir que el piso tiene cosas medio normales como algún armario empotrado, persianas y un par de enchufes en cada estancia.
  • Ideal para inversores: El vendedor sabe que es una mierda. El comprador sabe que es una mierda. A ninguno le importa porque de lo que se trata es de engañar a un tercero.
  • Ideal para alquilar a estudiantes: Es un antro mal ventilado, con humedades y sin iluminación natural.
  • Necesita algunas reformas: Se está cayendo. El día menos pensado irá un funcionario del ayuntamiento a precintarlo.

Agosto 19, 2009. Reflexiones, Sociología de campo y playa. 2 comentarios.

Lo importante sí es ganar

Nunca he entendido que se premie a los deportistas por ser deportistas. O sea, entendería que se les reconociera algún mérito ajeno a su actividad deportiva pero darles un premio por algo por lo que ya han sido recompensado con creces, porque siempre se distingue a los ganadores, no tiene para mí mucho sentido.  Porque, ¿qué es lo que se premia realmente? ¿Ser buena persona? No parece que sea el caso. Aunque supongo que muchos deportistas serán bellísimas personas, igual que hay gente estupenda en el gremio de los encofradores (e incluso  en el de taxistas – que no se ofendan los profesionales del taxi que es un chiste privado), está claro que no hay ninguna relación directa entre el número de competiciones deportivas ganadas y la bondad. ¿Por su esfuerzo y fuerza de voluntad? Cierto es que, para alcanzar cierto nivel en el deporte, es necesario trabajar duramente, con constancia, y desde luego hacer algunos sacrificios. Pero nada que no haga un trabajador medio con una hipoteca y un par de chiquillos, por ejemplo, y nadie lo premia. Además, sacrificarse por criar a los hijos  tiene sentido pero hacerlo para poder subirse a una caja de vez en cuando a que te cuelguen una medalla mientras suena una musiquilla es, cuanto menos, un poco absurdo. Al final, se llega a la conclusión que lo que se premia en un deportista de élite es: (a) haber nacido con cualidades para la práctica de la actividad en cuestión, lo que está muy bien pero es algo que no se elige y además la sociedad favorece, en general, más al que tiene habilidad para  las cuestiones físicas que para las intelectuales. Por ejemplo, cobra más un entrenador de fútbol de tercera regional que un profesor de instituto. Y aunque hay deportes que no dan mucho dinero, el que destaca casi siempre tiene reconocimiento de la gente por lo que en ningún caso habría necesidad de un reconocimiento adicional; y (b) ser muy competitivo. Es evidente que la competitividad es imprescindible para la alta competición pero no me parece que sea una cualidad buena en si misma. Puede que Rafael Nadal y Fernando Alonso (últimamente caído en desgracia porque parece que ya no gana nada) sean buenos chicos pero no me parece que deban ser un ejemplo para la juventud. Un ejemplo para mí lo da el que con su esfuerzo y cualidades ayuda a mejorar la sociedad y en general la vida de otros seres humanos, no el que se desvive para ganar a otra persona e hinchar su ego. Cuando entrevistan a una estrella del deporte siempre dice cosas como que no soportan perder. ¿Qué tiene esto de ejemplar?
deporte
El deporte es sano y divertido (para algunos) y estoy de acuerdo en que se promocione su práctica pero esa exaltación del triunfo me parece contraproducente. Mi sobrina de nueve, repito, nueve años, jugaba en un equipo de hockey mixto que participaba en una competición escolar regional. El entrenador intentaba que todos los niños, también los más torpes, jugaran todos los partidos. Raramente ganaban pero los críos se esforzaban y se divertían. Pues bien, la temporada pasada los padres de los niños a los que mejor se les daba el hockey consideraron que era intolerable que sus retoños no ganaran la competición por tener que ‘aguantar’ a los ‘malos’. Al final echaron al entrenador y sacaron del equipo a las niñas, entre ellas a mi sobrina, y a los chiquillos menos habilidosos. Seguro que si se sugiriera apartar de la escuela a los niños menos dotados para las matemáticas, estos mismos padres pondrían el grito en el cielo, ahora con razón. Historias parecidas a estas son más frecuentes de lo que creemos en el deporte infantil. Un compañero de trabajo me contó que tuvo que convencer a su hijo pequeño de que dejara el fútbol porque el ambiente era insoportable: era habitual oír a los padres pidiendo a gritos a sus hijos que pegaran a los niños del equipo contrario. A esto es a lo que nos lleva premiar la competitividad por encima de todo. Conclusión, eso de que lo importante no es ganar sino participar no hay quién se lo crea.

(¡Ah! Sí, he vuelto)

Agosto 9, 2009. Reflexiones, Sociología de campo y playa. 5 comentarios.

Vicky, Cristina, Barcelona

1966: España es un país subdesarrollado. Sin embargo, aires de modernidad empiezan a soplar en las costas patrias: ha llegado el turismo. En aquellos años inocentes, el turismo de sol y playa con paella y sangría era lo más,  y los turistas, aún no llamados guiris, eran seres fascinantes a los que observar cual a fauna del Serengueti. Ir de veraneo a Torrevieja, Alicante, era un sueño para la mayoría. Enseñar el ombligo en la playa era el colmo de la transgresión. Las conversaciones sobre los zumos de naranja de Iberia constituían en si mismas un metalenguaje propio de las élites viajadas que compartían el privilegio de haberse subido a un avión. España era diferente aunque por supuesto mejor, porque  el Extranjero sería muy moderno pero, ¿se come tan bien como aquí? Pues mira, no.

El cine no fue ajeno al fenómeno  y así vimos a Alfredo Landa y a José Luis López Vázquez en Torremolinos tratando de ligarse a cuanta extranjera se les ponía por delante .

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2007: España es un país subdesarr… esteeeee, España es un país moderno. Ya no mola el turismo de masas porque es de catetos. Lo guay son las casas rurales en la Alpujarra o los chiringos en la costa vietnamita. Quien no ha hecho un trio en una cabaña de palmas de alguna exótica playa no tiene mundo. Ya no se come paella sino tortilla desestructurada. Ya no se habla de zumos sino de exprimidores de Philip Stark. Hay que saber de arte, de vino y de setas. España sigue siendo diferente pero por supuesto mejor, porque al Extranjero hay que ir pero, ¿se diseña tan bien como aquí? Pues tampoco.

En este contexto, el cine de promoción turística no podía quedarse estancado en Paco Martínez Soria y el par de suecas estupendosas. Hacía falta algo diferente, con glamour y un toque bohemio, urbano a la vez que delicadamente rústico, internacional pero exquisitamente tradicional.

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Y entonces llegó Woody Allen y “Vicky, Cristina, Barcelona¨, que bien podría haberse llamado “Paco, Helga, Benidorm” de haberse grabado 40 años antes, y reinventó el género. Woody Allen poseído por el espíritu del País Semanal es realmente espeluznante. Porque él snob siempre había sido pero al menos el hombre era ingenioso y sus guiones inteligentes. Sin embargo, en esta última película, y para mayor lucimiento de la ciudad de Barcelona, no deja escapar un sólo tópico.

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Dos guiris muy pijas y muy monas llegan a Barcelona donde son alojadas por una pareja amiga en una casita muy pintoresca en un etorno de ensueño (El País Semanal, casas con encanto, página 23). Son seducidas por Juan Antonio (Javier Bardem): el macho. Pasean por el parque Güell, van a catas de vinos, toman clases de catalanidad (sic), recorren las calles cochambrosas del Raval (supongo) y  donde otros verían miseria ellos, que son espíritus libres, ven arte. Transcribo:

Fueron a ver una escultura nueva de un amigo suyo. Le enseñó alguno de sus lugares favoritos de la ciudad y ella tomó fotografías. Juan Antonio era amigo de todas las putas y pensó que serían unos temas maravillosos.

Van a un concierto de guitarra clásica y ella llora (como Pretty Woman en la ópera, recuerdo) mostrando una elevada sensibilidad. Beben vino en el jardín de la casa de él (Suplemento de muebles de Jardín, página 36) que por lo que se ve no ha sabido nunca lo que es un alquiler abusivo ni una hipoteca. Van de cañas y tapas:

“La llevó a comer con sus amigos que eran poetas, pintores y músicos.” (Por si no ha quedado claro lo repito: tener amigos soldadores, camioneros y reponedores de supermercado no mola nada) .

Por supuesto se relacionan entre ellos de dos en dos y de tres en tres. Ellas se besan porque una relación lésbica ocasional es chic, en contraposición a las relaciones entre hombres que sólo son cool en películas de temática gay. Y como ser feliz es cosa de idiotas y ser desgraciado, de marginales,  ellos están ligeramente torturados  debatiéndose entre la seguridad de la monogamia de larga duración y los placeres de las pasiones atormentadas (Cosmopolitan, página 9).

Ay, si es que no hemos cambiado nada…

Diciembre 21, 2008. Cine, Reflexiones, Sociología de campo y playa. 6 comentarios.

La responsabilidad del escritor

Dijo Unamuno: “El escritor sólo puede interesar a la humanidad cuando en sus obras se interesa por la humanidad”. Y digo yo: “El escritor sólo puede interesar a la humanidad cuando es interesante”. Parece una perogrullada pero no lo es tanto. O sea, de acuerdo con que el escritor debería mostrar interés frente a las cuestiones sociales. Al menos debería conocer la naturaleza humana, saber en que mundo vive y tener un mínimo de contacto con los problemas y preocupaciones de la gente. Eso está bien. Pero antes que nada, y si no todo esfuerzo será inútil, un escritor debería saber escribir. Y, sobre todo, no insultar la inteligencia de sus lectores. No me digan que no jode cuando llevan un único libro para leer en un avión (o en algún lugar remoto como una plataforma petrolífera o una granja en Utah) y resulta ser, no ya un peñazo, que mira,  hay momentos para todo, sino una tontería intragable e infantiloide. Pues eso, que es una irresponsabilidad enorme por parte del escritor. De hecho, es una afrenta equiparable a la del colega que se ofrece a acompañarte al dentista y después te deja allí sola, tirada como agua sucia.

Lo del dentista no me ha pasado nunca pero lo de los libros que te abandonan cual desodorante de mercadillo, infinidad de veces. El último caso ha sido el de “El niño con el pijama de rayas”. Supongo que a estas alturas ya todo el mundo sabe de que trata porque es el típico libro del que se han escrito infinitas críticas, todas buenas, en los más reputados medios de comunicación de medio mundo además de que le han dado ochenta mil premios y lo han traducido a treinta idiomas. Pero por si no lo saben, tata de un niño,  hijo de un oficial nazi, que se traslada con su familia a Auschwitz porque a su padre lo hacen comandante del campo. El angelito, de nueve años, puede ver desde su ventana que hay personas famélicas y tristes (sic.) vestidas con pijamas de rayas viviendo dentro de un recinto alambrado. Pero, oye, no tiene ni idea de quienes son ni qué hacen. Vale que el crío no tenía que saber que eran judíos ni lo que estaba pasando allí exactamente pero tratar que creamos que el niño pensaba que aquello era una colonia de vacaciones o vete tú a saber qué, eso sí que no. Que una cosa es la ingenuidad y otra la estupidez. Y estamos hablando de un churumbel de nueve años, no de cuatro como los que tenía el crío de “La vida es bella” de tema similar. Cualquiera que haya tratado con niños sabe que son seres pensantes, casi podríamos decir que son seres humanos, como dirían los Les Luthiers. Lo sé muy bien que vengo de pasar una semana de vacaciones con una sobrina, de precisamente nueve años, y sabe latín. Y no me vengan con que en aquella época no había televisión ni internet, que orejas y ojos siempre ha habido. En definitiva, que como el tema central de la novela es absurdo, todo hace aguas por todos lados. Y conste que no tengo nada en contra de la ficción ni soy la típica tiquismiquis que se indigna por ver  un reloj casio en el brazo de un legionario figurante en una película de romanos. Es que sencillamente me parece que el autor primero escoge un tema terrible y doloroso pero en cierto sentido fácil (todos sabemos que los nazis eran malos) y después insulta la inteligencia de sus lectores. Y además es que está mal escrito: para explicar que el niño protagonista es bueno se narra un gesto amable con la asistenta; para explicar que su hermana es mala, se describe una actitud despótica de la chica con la misma asistenta. Y así todo.

Me consiguió indignar el libro. No entiendo a qué tanto halago y tanto premio a una novela de la que nadie se acordará dentro de cinco años… aunque Disney va a hacer una película. Qué fuerte, Mari.

Septiembre 15, 2008. La cosa política, Reflexiones. 9 comentarios.

¿Por qué lo llaman noticia…?

Hasta el moño de tener que tragar anuncios del Ay!-fon en prensa, radio y televisión presentados como si fuesen noticias. Que Fulanito de tal haya pasado la noche sin dormir haciendo cola en la calle para comprar el dichoso aparato no es noticia porque lo que hace Fulanito con su tiempo y con su dinero no interesa a nadie más que a él mismo. Y que Timofónica haya decidido vender el telefonillo en cuestión en tal tienda y que se haya agotado a la media hora, tampoco lo es: es publicidad. Se deberían haber pagado una campaña publicitaria convencional como todo el mundo. Así al menos hubieran dado una oportunidad a algún creativo argentino con talento, hubieran sacado del paro a algún joven actor y hecho feliz a la mamá de algún niño pelirrojo, que mira que mono sale en la tele mi Carlitos. O si no, que se dé el mismo trato a todo el mundo y que a partir de ahora nos informen en el telediario cada vez que llega un pedido de alcayatas a la ferretería Manolo (todo en bricolaje y reparaciones del hogar).

Julio 13, 2008. Reflexiones. 7 comentarios.

Círculo vicioso

Me han cortado el teléfono y para pagarlo necesito la tarjeta. La tarjeta está bloqueada y para que la activen necesito llamar al banco. Para llamar al banco necesito el teléfono. Me han cortado el teléfono y para pagarlo necesito la tarjeta.

Bueno sí, hay cabinas, también es verdad.

Abril 4, 2008. Entradas telegráficas, Reflexiones. 6 comentarios.

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