Latinizando
Les presento algunos clásicos del rock, pop y jazz ‘latinizados’, o sea, versionados con ritmos latinos, que me gustan especialmente.
El primer éxito de José Feliciano fue Light My Fire de The Doors. Sé que hay a quien esta versión le parece una aberración. A mí, sin embargo, me parece que está muy conseguida. Cuentan que el mismo Jim Morrison se quedó gratamente sorprendido cuando la escuchó.
Caetano Veloso hace una pequeña maravilla con Billy Jean de Michael Jackson . Al principio cuesta reconocer la canción. Al final también… porque la mezcla con Eleanor Rigby de Los Beatles.
También me gusta mucho esta versión de Take Five de Dave Brubeck que hace la orquesta de Tito Puente. Atención al solo de percusión a partir del minuto 5:
Y por último, y siguiendo con la cosa jazzística, la versión del tema Watermelon Man de Herbie Hancock que hace Mongo Santamaría:
¿De qué te ries?
Hablaba el otro día sobre cómo las personas pertenecientes a diferentes culturas o nacionalidades se rien de diferentes cosas y de qué además el sentido del humor parece cambiar con el tiempo y me acordé de un estudio del psicólogo Richard Wiseman, de la Universidad de Herfordshire, Inglaterra, sobre este tema. Wiseman impulsó un experimento por internet en el que personas de todo el mundo tenían que enviar chistes y elegir, de entre todos ellos, el que más gracia les hacía. Parece que, tras consultar a unos dos millones de personas, el chiste mejor valorado fue éste:
“Dos cazadores se encuentran en el bosque cuando uno de ellos se desploma. Parece que no respira y tiene los ojos vidriosos. El otro coge su teléfono móvil y llama al servicio de emergencia. “¡Mi amigo está muerto! ¿Qué puedo hacer?, pregunta, histérico. La operadora contesta: “Cálmese, yo le ayudo. Lo primero es asegurarse de que su colega está realmente muerto”. Sigue un silencio y después se oye un tiro. De nuevo al teléfono, el cazador dice: “Vale, ¿y ahora qué?“.
Según Wiseman, tres ingredientes hacen que una historia sea divertida: nos hacen sentir superiores a los demás, permiten un descaso tras una situación tensa y sorprenden porque tienen alguna incongruencia. Cree que el éxito del chiste de los cazadores radica en que contiene esos tres elementos. Lo más interesante, para mí, de esta experiencia, son las diferencias entre nacionalidades:
Los alemanes no muestran preferencia por ningún tipo de chiste, o sea, todos les hacen más o menos la misma gracia.
La gente de Irlanda, Reino Unido, Australia y Nueva Zelanda se decanta por las historias que contienen juegos de palabras o relaciones entre conceptos. Por ejemplo:
Paciente: “Doctor, tengo una fresa atascada en el ano”. Doctor: “No se preocupe, le podemos poner nata”.
Estadounidenses y canadienses prefieren aquellos chistes que los hacen sentir superiores al quedar el protagonista como un tonto. Por ejemplo:
Dos amigos están jugando al golf y ven pasar una procesión fúnebre. Uno de los golfistas interrumpe su “swing”, se descubre la cabeza y se pone a rezar. El otro amigo, sorprendido, le comenta: “vaya, es lo más conmovedor que he visto nunca. De verdad eres un buen tipo”. Y el otro replica: “sí, bueno, es que estuvimos casados 35 años”.
Franceses, daneses y belgas consideran que las historias con algún elemento surrealista son las que más gracia tienen. Un ejemplo:
“Un perro alsaciano va a una oficina de telegramas, coge un papel en blanco y escribe: “Guau, guau, guau, guau, guau, guau, guau, guau, guau”. El empleado examina la nota y, educadamente, le dice al can: “Aquí hay sólo nueve palabras… Por el mismo precio puede enviar otro Guau”. “Pero -replica el perro- ¡eso no tendría ningún sentido!”.

Ignoro si el experimento del doctor Weisman llega a alguna conclusión sobre el sentido del humor de los españoles. Sin embargo, mi experiencia me lleva a pensar que en suelo patrio triunfa la parodia o directamente la burla cruel. Analizando el número de las empanadillas de Martes y 13, con el que generaciones enteras de españoles nos hemos partido la caja (yo incluida), vemos que tiene estos dos elementos: se parodia a un personaje famoso, en este caso Encarna Sánchez, y se hace burla de una persona de, aparentemente por su forma de hablar, poca cultura. Con todo, hay que decir que los juegos de palabras del personaje que hace de oyente de Encarna, que se enreda para terminar no diciendo nada, son bastante graciosos y probablemente sean la clave el éxito del sketch. En cualquier caso, es más inteligente que los (tristemente) famosos números de ‘soy maricón‘ o ‘mi marido me pega‘, también de Martes y 13. En este sentido, hay que reconocer que se ha evolucionado algo como sociedad porque hoy en día, si bien no es impensable seguir riendo con semejantes burradas, al menos sí lo es hacerlo abiertamente y sin vergüenza, lo que ya es un avance. Sea como sea, el estudio del sentido del humor de un pueblo que admira a Chiquito de la Calzada es un asunto complejísimo pero si además se trata del mismo pueblo que idolatra a un imitador de Chiquito de la Calzada la tarea se torna imposible.
Momento Cuarto Milenio: estaba yo en el curro con los cascos puestos viendo este vídeo de los Monty Python, documentándome para el post, cuando oigo risas de mi compañero de despacho. Le pregunto que qué le pasa y me dice que está viendo ¡el sketch de ‘el chiste más gracioso del mundo’ de los Monty Python, o sea, lo mismo que yo! ¡Y ninguno sabía lo que estaba viendo el otro! A mi compañero le mandó el enlace del vídeo un colega del Facebook y yo llegué a él buscando el artículo de Wiseman. Nos surgen dos preguntas que sólo Iker Jiménez puede contestar, a saber: 1) ¿por qué nuestro jefe nos sigue teniendo en alta estima pese a que dedicamos gran parte de muestra jornada laboral a estos menesteres? y 2) ¿existe algún tipo de conexión extrasensorial entre mi compañero de oficina y yo? Recordemos que, si las chorradas colgadas en internet tienden a infinito, la probabilidad de que ambos estuviéramos viendo la misma tontería de los Monty Python es consistente con cero. Si Iker Jiménez descubrió una unión cósmica entre Abraham Lincoln y John Fitzgerald Kennedy porque un mes antes de morir Lincoln estuvo en la ciudad de Monroe, mientras que Kennedy, también un mes antes de morir, estuvo con Marilyn Monroe, ¿qué implicaciones encontrará en nuestra conexión pythoniana? Misterios del cosmos.
Hogar dulce hogar
Aunque estoy muy feliz por no tener hipoteca (el quinto jinete del apocalipsis) confieso que en algún momento de mi vida llegué a flaquear y, víctima del síndrome del nido, pensé en comprar un piso (¿o habría que decir comprarle un piso al banco?). La cosa es que me acostumbré a mirar portales inmobiliarios tipo fotocasa o el idealista. Allí te das cuenta de dos cosas: 1) el mercado inmobiliario español es la cosa más disfuncional que existe y 2) los anuncios de pisos son una herramienta valiosísima para el estudio sociológico. Una llega a pensar si con lo de burbuja inmobiliaria no se referirán a posible aire en el cerebro de los implicados en el negocio de la compraventa de casas. A ver si por fin llega el día en que la avaricia rompa el saco (¡qué me gusta a mí este refrán!). A continuación, algunos tipos de anuncios:
- Los persistentes: Son los anuncios que llevan apareciendo como destacados al menos el año y medio que llevo yo siguiendo estas páginas. Y nos preguntamos, si en este tiempo nadie se ha interesado por esos inmuebles, ¿no será que no valen lo que el vendedor pide? La avaricia es tozuda a la par que atrevida.
- Los que en el anuncio ponen sólo la foto de la lavadora, del tendedero o de la esquinita donde está la bombona de butano (¡existen anuncios así!): Si eso es lo que consideran destacable de la casa, no puedes entonces evitar preguntar cómo estará el resto de la propiedad (y probablemente no querrás saber la respuesta).
- Los que suben diez o doce mil euros el precio del piso porque te dicen que está amueblado y cuando ves las fotos de los muebles te das cuenta que no los querrían ni los del rastro Nueva Frontera de lo cutres que son.
- Los tipo ‘Calzados Carmencita’ (Antecendentes: mi madre compraba mis zapatos para el colegio, Marca Bonanza, en una pequeña zapatería llamada ‘Calzados Carmencita’. La susodicha Carmencita acostumbraba a rebajar el precio cantidades irrisorias – un par de pesetas o así – y acompañaba el gesto de grandes aspavientos): Son los que tienen la poca vergüenza de rebajar, pongamos 1000 euros, el precio de algo que cuesta, pongamos 300000, y señalar en el anuncio que el inmueble ha sido rebajado.

Además, es importante conocer el lenguaje utilizado en este tipo de anuncios. A continuación algunos ejemplos:
- Bien comunicado: Está en medio de un nudo de autopistas. Para, por ejemplo, comprar el pan, no sólo necesitará coger el coche sino pasar por rotondas, pulpos y autovías de varios carriles.
- Zona tranquila: Está donde Cristo perdió el gorro, más allá de donde el Diablo perdió el poncho. O sea, lejísimos de cualquier lugar civilizado.
- Acabados de lujo: No se engañen: en general quieren decir que el piso tiene cosas medio normales como algún armario empotrado, persianas y un par de enchufes en cada estancia.
- Ideal para inversores: El vendedor sabe que es una mierda. El comprador sabe que es una mierda. A ninguno le importa porque de lo que se trata es de engañar a un tercero.
- Ideal para alquilar a estudiantes: Es un antro mal ventilado, con humedades y sin iluminación natural.
- Necesita algunas reformas: Se está cayendo. El día menos pensado irá un funcionario del ayuntamiento a precintarlo.
Un poco de salsa
Una vez me apunté a clase de salsa en el gimnasio del barrio. Duré un día: todos parecían profesionales y fui incapaz de seguir ningún paso. Cuando el grupo giraba para un lado yo iba para otro. Cuando había que levantar la pierna derecha yo levantaba la izquierda; y así. Pese a todo, no puedo evitar bailar, a mi torpe manera, cuando escucho salsa de la buena. Que la disfruten.
Aquí los incomparables Ray Barreto y Mongo Santamaría.
Y aquí la inigualable Celia Cruz: ¡Asucaaaaaaaaaaar!
Lo importante sí es ganar
Nunca he entendido que se premie a los deportistas por ser deportistas. O sea, entendería que se les reconociera algún mérito ajeno a su actividad deportiva pero darles un premio por algo por lo que ya han sido recompensado con creces, porque siempre se distingue a los ganadores, no tiene para mí mucho sentido. Porque, ¿qué es lo que se premia realmente? ¿Ser buena persona? No parece que sea el caso. Aunque supongo que muchos deportistas serán bellísimas personas, igual que hay gente estupenda en el gremio de los encofradores (e incluso en el de taxistas – que no se ofendan los profesionales del taxi que es un chiste privado), está claro que no hay ninguna relación directa entre el número de competiciones deportivas ganadas y la bondad. ¿Por su esfuerzo y fuerza de voluntad? Cierto es que, para alcanzar cierto nivel en el deporte, es necesario trabajar duramente, con constancia, y desde luego hacer algunos sacrificios. Pero nada que no haga un trabajador medio con una hipoteca y un par de chiquillos, por ejemplo, y nadie lo premia. Además, sacrificarse por criar a los hijos tiene sentido pero hacerlo para poder subirse a una caja de vez en cuando a que te cuelguen una medalla mientras suena una musiquilla es, cuanto menos, un poco absurdo. Al final, se llega a la conclusión que lo que se premia en un deportista de élite es: (a) haber nacido con cualidades para la práctica de la actividad en cuestión, lo que está muy bien pero es algo que no se elige y además la sociedad favorece, en general, más al que tiene habilidad para las cuestiones físicas que para las intelectuales. Por ejemplo, cobra más un entrenador de fútbol de tercera regional que un profesor de instituto. Y aunque hay deportes que no dan mucho dinero, el que destaca casi siempre tiene reconocimiento de la gente por lo que en ningún caso habría necesidad de un reconocimiento adicional; y (b) ser muy competitivo. Es evidente que la competitividad es imprescindible para la alta competición pero no me parece que sea una cualidad buena en si misma. Puede que Rafael Nadal y Fernando Alonso (últimamente caído en desgracia porque parece que ya no gana nada) sean buenos chicos pero no me parece que deban ser un ejemplo para la juventud. Un ejemplo para mí lo da el que con su esfuerzo y cualidades ayuda a mejorar la sociedad y en general la vida de otros seres humanos, no el que se desvive para ganar a otra persona e hinchar su ego. Cuando entrevistan a una estrella del deporte siempre dice cosas como que no soportan perder. ¿Qué tiene esto de ejemplar?


El deporte es sano y divertido (para algunos) y estoy de acuerdo en que se promocione su práctica pero esa exaltación del triunfo me parece contraproducente. Mi sobrina de nueve, repito, nueve años, jugaba en un equipo de hockey mixto que participaba en una competición escolar regional. El entrenador intentaba que todos los niños, también los más torpes, jugaran todos los partidos. Raramente ganaban pero los críos se esforzaban y se divertían. Pues bien, la temporada pasada los padres de los niños a los que mejor se les daba el hockey consideraron que era intolerable que sus retoños no ganaran la competición por tener que ‘aguantar’ a los ‘malos’. Al final echaron al entrenador y sacaron del equipo a las niñas, entre ellas a mi sobrina, y a los chiquillos menos habilidosos. Seguro que si se sugiriera apartar de la escuela a los niños menos dotados para las matemáticas, estos mismos padres pondrían el grito en el cielo, ahora con razón. Historias parecidas a estas son más frecuentes de lo que creemos en el deporte infantil. Un compañero de trabajo me contó que tuvo que convencer a su hijo pequeño de que dejara el fútbol porque el ambiente era insoportable: era habitual oír a los padres pidiendo a gritos a sus hijos que pegaran a los niños del equipo contrario. A esto es a lo que nos lleva premiar la competitividad por encima de todo. Conclusión, eso de que lo importante no es ganar sino participar no hay quién se lo crea.
(¡Ah! Sí, he vuelto)