Lucha libre

Recuerdo que cuando llegué a México me llamó muchísimo la atención la afición a la lucha libre: no entendía nada. Han pasado dos años y sigo sin comprender. Concretamente, tal que ahora mismo, estoy bastante alucinada con la expectación que ha creado la próxima pelea entre el Místico y el Hijo del Perro Aguayo, y es que no había visto a la gente tan emocionada por algo desde la inaguración del Wal-Mart. La cosa de la lucha libre mexicana va así: dos tipos en leotardos y con máscaras (aunque descubrí que la máscara no es imprescindible como yo creía) evolucionan sobre un cuadrilátero mientras fingen que se pegan. No es exactamente un deporte porque el resultado del encuentro está (supongo) pactado y se nota a la legua que los golpes no son de verdad (afortunadamente, añado) sino más bien un espectáculo circense. Lo curioso es que en vez de desarrollarse bajo una carpa en un descampado cualquiera, que sería lo suyo, la pelea va a ser en el gimnasio de la Universidad. Confieso que este hecho me tiene un poco descolocada porque, pese a las múltiples evidencias en contra, una sigue ingenuamente pensando que una universidad es una institución seria de modo que se espera que los eventos promovidos (si no patrocinados) por tal instutución lo sean también. Juzguen ustedes mismos con este youtube de un encuentro anterior del Místico y el Hijo del Perro.

Vamos, que si yo me encuentro al Hijo del Perro en un callejón oscuro me da un chungo ahí mismo. Por lo visto hay dos escuelas de luchadores: los técnicos, a la que pertence el Místico que es el luchador de moda según he escuchado, y los rudos, a la que pertence el Hijo del Perro Aguayo. En cualquier caso, sigo sin verle la gracia al asunto. Si esto fuera un reportaje de El País Semanal diría que el éxito del espectáculo está en la fascinación ancestral del hombre por la violencia pero me voy a ahorrar el análisis sociológico. Imagino que el hecho de que a los luchadores los presenten chicas estupendosas en biquini también ayuda.

El aspecto de la lucha que sí me hace gracia es el que ha trascendido los cuadriláteros. En la década de los 50 salió un cómic protagonizado por el luchador más popular de la historia de México: el Santo o Enmascarado de plata. Las historietas fueron un éxito y pronto Santo se convirtió en un personaje fantástico en lucha contra el mal. La leyenda del Santo continuó con una serie de películas con títulos tan sugerentes como: “Santo contra el Cerebro del Mal“, “Santo contra los Hombres Infernales” y “Santo vs las Mujeres Vampiro“. La foto de abajo es de una escena donde sale El Santo con Blue Demon, otro de los clásicos, con máscara azul. Tiene algo de surrealista verlos arregados como pinceles a lo Dennis Quaid y con esas máscaras tapándoles el rostro. Y más les vale, al menos al Santo, porque la leyenda dice que si se quita la máscara muere.

Y en este vídeo algunas escenas de El Santo:

Tanto los hijos del Santo como de Blue Demon son, a día de hoy, luchadores en activo (el Hijo del Santo y Blue Demon Jr. respectivamente) lo que me lleva a pensar que esto de la lucha es un mundo bastante cerrado.

Editado para añadir el cartel de la película “Santo vs Joselito” donde el pequeño ruiseñor se enfrenta al enmascarado de plata con su arma más poderosa: su portentosa voz. Las notas más agudas de “cinco cascabeles tiene mi caballo” son para el Santo como la kriptonita para Supermán: penetran en su enmascarado cráneo y lo hacen vulnerable. (Vale, es broma, pero no me digan que no hubiera sido todo un éxito en Cine de Barrio.)

Abril 6, 2008. Cine, Noticias, Sociología de campo y playa. 6 comentarios.